Felipe, ¿Por qué no te vas?

Solo los responsables de la situación dudan sobre el hecho cierto de que las instituciones españolas caminan por una senda de desprestigio que, a pesar de haber rebasado hace tiempo los límites soportables, aún siguen esperando que de una vez por todas se ponga fin al esperpento en que se han convertido. Al menos los ciudadanos necesitamos y debemos exigir una operación de limpieza a fondo acompañada de una urgente puesta al día de todo aquello que regula nuestras vidas.

Si la actual situación española está adquiriendo tintes de caótica, es de esperar que el caos finalmente se materialice y con él aquellos desastres que le son propios. Si la jefatura del Estado no percibe o no afronta esta situación nadie aceptará, en el caso de que finalmente se produzca, que desde la Casa Real se alegue desconocimiento ni impotencia, los “no me constaba”, “no lo sabia”, “lo desconocía”, o incluso alusiones al “amor” aunque este sea a España. Como justificación de la pasividad reinante ninguna de estas maniobras tendrán cabida en la mente de ningún español de ley, tampoco el recurso al texto constitucional, a su Título II.

Cierto es que las atribuciones, los poderes del monarca son prácticamente inexistentes, así se decidió en 1978 a cambio de legitimar constitucionalmente la monarquía. Se adoptó la trucada fórmula de que el Rey reina pero no gobierna y el rey designado por el dictador Franco asumió la jefatura del Estado, y lo hizo sin tener ninguna preparación afín a este tipo de función y por supuesto ninguna experiencia, salvo la que pudo acumular durante tantos años de estrecha relación con el dictador y con su régimen. Obligado Juan Carlos I a abdicar, su puesto fue ocupado por su hijo menor, igualmente carente de toda experiencia y/o preparación para el ejercicio de la Jefatura del Estado, salvo aquella que le pudo proporcionar su padre, es decir ninguna digna de elogio.
Ahora, cuando las instituciones se tambalean, especialmente aquellas encargadas de velar por los derechos de todos los españoles, es imprescindible actuar, – pongamos como ejemplo el deterioro de la Justicia y recordemos que “La Justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey” (Art.115 CE/1978) -. Llegando a este punto de deterioro se hace imprescindible un golpe de timón al objeto de recuperar un rumbo cierto. Si el Jefe del Estado es incapaz de enderezar la situación de deterioro general de las Instituciones debe asumir su inutilidad y renunciar a su puesto. Así sería si tal jefatura estuviese en manos del presidente de una República, pero España es una monarquía y además el timón está en manos de un partido politico inmerso en tantos y tantos casos de corrupción, de todo tipo, que ya se hacen imposibles de enumerar y cuyo poder e influencia sobre los órganos judiciales está continuamente criticado, incluso por los propios magistrados y fiscales.
El Rey sabe que no puede hacer nada para impedir que el sistema reviente, que reventará, por tanto digno de un buen rey sería apartarse del trono y dejar que otros impidan el sufrimiento del pueblo, devolviendo la dignidad a las Instituciones que han de garantizar sus derechos y ampliando estos, desterrando la corrupción y castigando ejemplarmente a los corruptos.
El Rey debe irse, no es necesario entrar en sesudas disquisiciones ni en análisis ideológicos ni politicos, ni tan siquiera hace falta ya justificar los motivos de su marcha, de su renuncia, junto con la de todos los miembros de su extensa familia, a un trono que debe pasar a ser una exclusiva pieza de museo.
Esa renuncia al trono y a sus privilegios si que seria un gran acto de amor por España y además nos evitaría seguir perdiendo el tiempo en busca de un estado plenamente democrático.
Mi pregunta es: ¿Por qué no se va?. Quizás la decisión de irse sea la única que está dentro de sus atribuciones y si no es así le amparan sus derechos constitucionales como ciudadano, bueno sería que tomase esa decisión. En España llevamos muchos años necesitando un Jefe del Estado democráticamente elegido, y que además ejerza como tal y, como no, una forma de Estado diferente a la que nos impuso el régimen franquista.
Benito Sacaluga
 
En la imagen superior, Felipe VI con la toga judicial, Gran Collar de la Justicia y Escudo de Magistrado del Tribunal Supremo
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