Las claves que explican el sangriento conflicto ruso-ucraniano.

Por Amadeo Martínez Inglés.

 

RUSIA HA ACTUADO EN LEGÍTIMA DEFENSA

                                                                                                                    

El 1 de febrero de 2019, EEUU abandonó el tratado INF (Intermediate-Rangue Nuclear Forces) que tenía suscrito con la Unión Soviética desde 1988 y que prohibía la construcción, tenencia o despliegue de cualquier misil nuclear o convencional de alcance intermedio (500-5.500 kms de alcance) y que, desde ese año, con abundantes reticencias y denuncias por ambas partes, venía consiguiendo mal que bien la desnuclearización de Europa. Al día siguiente, 2 de febrero, Rusia (heredera de la URSS) hizo lo propio y con ello el estatus quo y el equilibrio militar en el Viejo Continente cambió de raíz resultando susceptible de propiciar peligros sin cuento en la difícil cohabitación en la que venían desarrollándose las relaciones de los dos grandes bloques geopolíticos en los que a trancas y barrancas seguía dividido el mundo.

 

Es mayoritariamente admitido que con la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 terminó la denominada “ guerra fría” pero no, el desgraciado período de Boris Yeltsin como presidente de la Federación de Rusia desde 1991 hasta 1999 solo fue un espejismo geopolítico de distensión, con una transición frustrada de la nueva Rusia  hacia una economía de mercado en el que las risotadas al alimón de este alcohólico mandatario de una Rusia deprimida política, social, económica y militarmente con el sexualmente descarado Bill Clinton, hicieron creer al mundo que la globalización política iba a enterrar ya para siempre la pugna del capitalismo rampante yanqui con el arruinado comunismo post estalinista por dominar el globo, acabar con aquellos tremendos años de la denominada MAD (Destrucción Mutua Asegurada) por sus siglas en inglés que sí, mantuvieron a duras penas la paz durante años, pero a costa de una confrontación social y económica a nivel global que evidentemente la Rusia soviética no pudo aguantar.

 

Pero la cosa no discurriría desgraciadamente por esos derroteros geoestratégicos y geopolíticos. Después de la desaparición de la URSS en 1991 y de los consiguientes nueve años del mandato del “borrachuzo” Yeltsin, con la llegada al poder en la “Madre Rusia” del atlético ex espía Vladimir Putin, el gigante euroasiático dormido despertaría de su letargo y volvería a pedir su sitio en el liderazgo del mundo. Y, echando mano de las riquezas que esconden sus millones de kilómetros cuadrados de territorio, a través del avance tecnológico y de la explotación responsable de los recursos de todo tipo que generan tanto su extensión territorial como su numerosa demografía, el ansia indiscutible de Putin por poner a su país de nuevo a la cabeza del mundo ha ido volcando al área de su defensa enormes recursos convirtiendo así a su Ejército como el primero del mundo, el más avanzado en tecnologías punta en áreas como los misiles hipersónicos (misiles Sarmat, Avangard, Khinzal, Tsirkon…) capaces de volar hasta los 25 Mach, los aviones de combate de última generación (Sukhoi 35, Sukhoi 57, Mig 31, TU-160M…) de sigilo operativo total, los drones aéreos  y submarinos de operatividad nuclear ( Ojotnik, Poseidon) etc, etc.     

 

El 1 de marzo de 2018, en una sesión de la Duma Rusa (la cámara Baja del Parlamento) Putin se permitió soltar una bomba informativa que inmediatamente daría la vuelta al mundo: Rusia disponía de seis armas super letales únicas en todos los Ejércitos actuales, de carácter hipersónico, indetectables, indestructibles, inviolables, capaces de destruir con una sola de ellas un país entero de la extensión de Tejas o Francia. Ufano y seguro de sí mismo, su triunfalismo, absolutamente apasionado pero real y demostrable, impactaría como un tsunami devastador tanto en el Pentágono como en la Casa Blanca. Y en menor medida, pues la Unión Europea en esto de la defensa vive de prestado, en los Gobiernos lacayos de EEUU en el denominado Occidente cristiano o, las también llamadas, democracias liberales (y capitalistas, por supuesto).

 

Pues de aquellos polvos, amigos, vienen los lodos que ahora mismo enfangan a millones de ciudadanos en todo el mundo. Aquellas declaraciones triunfalistas del presidente de Rusia, Vladimir Putin, generarían, no su tragedia personal, pero sí las enormes preocupaciones y durísimas decisiones que ahora mismo debe afrontar. Y, evidentemente, la desgracia de miles de personas que sufren en sus carnes la cerrazón y la intransigencia de unos dirigentes occidentales de Estados Unidos y la OTAN que no han sabido, en primer lugar valorar el enorme poder militar de Rusia en la actualidad (resulta ridícula la propaganda bélica occidental cargándole a Putin una posible derrota a manos del loco Zelenski cuando en manos del líder ruso está poder destruir toda Ucrania en solo unos minutos si quisiera utilizar su arsenal de última tecnología); y, en segundo, la determinación , la línea roja que representaba el hecho, absolutamente letal para Rusia, del ingreso de ese país en la Alianza Occidental con la probabilidad absoluta del despliegue de misiles balísticos nucleares de rango intermedio en su territorio, a cinco o seis minutos de vuelo de Moscú.

 

   La OTAN, que llevaba años minusvalorando el nuevo poder ruso, no se lo pensó dos veces tras las triunfalistas palabras de Putin enseñando su letal arsenal hipersónico y tras las oportunas investigaciones de la Inteligencia yanqui, que encontró pruebas fehacientes de la existencia del mismo, obraría en consecuencia cambiando drásticamente su estrategia militar de contención a Rusia. Sabedores los jerarcas otánicos (léase estadounidenses) de la absoluta superioridad rusa en el terreno de los misiles intercontinentales (el binomio Sarmat/Avangard alcanza velocidades de 25 Mach y las ojivas de planeo hipersónico que porta se abaten sobre sus objetivos sin posibilidad alguna de intercepción) llegaron a la conclusión que en ese terreno necesitarían décadas para poder pergeñar una estrategia que pudiera ser viable para poder confrontarse con Rusia con alguna posibilidad de éxito. Y cambiaron rápidamente de chip. La solución pasaba por rodear a su enemigo (China también lo es en la actualidad pero su tecnología actual todavía no se puede igualar a la de Rusia) utilizando a los países europeos de la OTAN del Este y sembrándolos de misiles INF pegados a su frontera que en un momento dado pudieran ser lanzados contra él con un ridículo tiempo de respuesta de apenas cinco-diez minutos si conseguían fabricar misiles hipersónicos de ese rango y quince-veinte minutos en el caso de que los vectores fueran de categoría supersónica no hipersónica.

 

Ahí entraría en juego Ucrania, un país que como República Checa, Hungría y Polonia en 1999, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia. Letonia y Lituania en 2004. Montenegro en 2017, Croacia y Albania en 2009 y Macedonia del Norte en 2020, quería ingresar (llevaba desde el 2008 solicitando ese ingreso) en la Organización Atlántica. La solución se presentaba diáfana: Se le autorizaba con urgencia el ingreso, se la armaba hasta los dientes para disuadir a Rusia de una posible intromisión, se desplegaban cientos de misiles crucero nucleares en las vastas llanuras ucranianas pegadas a su antiguo aliado ruso y, con ellos, la superioridad rusa en materia de misiles hipersónicos quedaba contrarrestada. La destrucción de Rusia cambiaba de escenario. Se haría por medio de enjambres de misiles de corto/medio alcance sin necesidad de aventurarse con los misiles intercontinentales con los que Rusia les podía dar sopas con onda.

 

No contaban, no podían prever, o no quisieron, entrar en razón cuando Putin, honestamente, les pidió garantías de que este escenario no podría aceptarlo jamás ¿Como va a ir este pobre diablo ruso, medio comunista, a la guerra con nosotros, la todopoderosa OTAN? Treinta países de los más adelantados del globo, democracias de alto nivel y, encima, con un “vejete” de setenta y tantos años a su frente que chochea más y mejor….

 

Pues fue… No a la guerra abierta pero sí a la destrucción del Ejército ucraniano y la defenestración del Gobierno neonazi que lo dirige. Y ahora no le queda más remedio a la todopoderosa OTAN que implementar una vergonzante y perversa campaña de desinformación y propaganda que da vergüenza ajena… ¡Que malos son los rusos, que masacran hospitales de niños, y que malo el diablo Putin que… además, está loco!

 

¡Y en España qué! En España nada, A la orden del vejete Biden que encima no quiere saber nada del “guaperas” que está hundiendo en la miseria a este país.

 

                        

Fdo. Amadeo Martínez Inglés, Coronel, escritor e historiador.

 

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