Y Felipe, el segundo. Y aquí andamos, esperando el referéndum que impediría con total seguridad que llegara la tercera de la dinastía que instauró el dictador. A ellos no les avergüenza proceder de donde proceden: de la traición a la propia familia y su sumisión a un asesino. Es de suponer que la ciudadana Leonor se mantiene tan aislada en su burbuja aterciopelada, tan convencida por su derecho de nacimiento a ser jefaza de Estado, que ignora el rechazo que provoca su figura en la mayoría de la población.
Al PSOE le debemos la cobardía de no haber atendido el runrún esperanzador hacia un cambio de régimen que resonó entre 2012 y 2014; y mucho más cobarde fue su Ejecutiva, con Alfredo Pérez Rubalcaba a la cabeza, que rechazó ni siquiera discutir la propuesta de sus Juventudes en 2014 de apostar por un referéndum: Rubalcaba apoya al nuevo rey y zanja el debate de su Ejecutiva entre monarquía y república. La madre que parió a Rubalcaba y a toda la Ejecutiva.
El momento era inmejorable, y, aunque gobernara el PP, los socialistas deberían haberlo peleado en vez de traicionar su propia historia, a muchos de sus afiliados y a infinidad de votantes. Sus simpatizantes, al menos, deberían haber visto que lo intentaban. Por enésima vez quedaron al descubierto las corrupciones y las gamberradas endémicas de los borbones, y por enésima los políticos les sujetaron el paraguas para que aguantaran el chaparrón. Porque en el statu quo borbón se vive bien, y el PSOE se ha ido acomodando. Sospecho que porque creen asegurarse más apoyos haciendo cositas que agraden a votantes de la derecha. También creo que si cambiaran el foco verían cómo, precisamente eso, el ponerles ojitos a los potenciales votantes de derechas, ha provocado una importante fuga de sus afines.
Gestos importantísimos como el «no a la guerra» o el situarse contra el genocidio y plantar cara a Trump ayudan mucho, muchísimo, pero van tarde y van de culo con otros asuntos que era imprescindible abordar si queremos una democracia plena: los abusos de la multinacional católica, el secuestro de la enseñanza y los desmanes de la corrupta monarquía. Han pasado 50 años y no solo no han encontrado el momento de empezar a respetar su tradición republicana y laica. Al contrario, han abandonado sus principios. No era el momento en los setenta; absolutamente lógico. No lo fue en los ochenta; perfectamente comprensible también. Tampoco encontraron el momento oportuno en los noventa; y eso ya fue mosqueante. Ni en la primera década de los dos mil; cuando ya empezaba a oler mal. Ni en los años veinte, cuando ya apesta a que ni han buscado ni quieren encontrar el momento. Como dijo aquel… emosío engañaos.
España es el país en el que más veces ha corrido peligro el trono, y en todas las ocasiones, salvo en dos honrosos episodios republicanos, los políticos han ido en su rescate o les han salvado la cara por sus implicaciones en los golpes de Estado de 1874, 1923, 1936 y 1981. Ningún país ha repudiado a tantos reyes y reinas de la misma dinastía como el nuestro en menos de 200 años: a Cristina de Borbón tres veces, a Isabel II, a Alfonso XIII, a Juan Carlos…
La regente austriaca Cristina y sus serviles políticos aceptaron ir a la guerra contra EEUU en 1898, y deseando perderla cuanto antes, para salvar el trono; Alfonso XIII dio un golpe de Estado con Primo de Rivera para impedir su inminente derrocamiento por el desastre social, económico y humanitario que trajo a España la absurda, cruenta e innecesaria guerra de Marruecos. Con el golpe evitó el borbón que llegara al debate del Congreso el famoso Expediente Picasso, donde quedaron al descubierto la corrupción del Ejército y la ineptitud de la Corona. Aquel golpe borbónico-militar solo retrasó lo inevitable hasta las elecciones de 1931, y de nuevo desde el exilio los borbones conspiraron con un dictador asesino para retornar. Y así fue. El dictador los instauró y abrió su nueva dinastía. No restauró la monarquía. Instauró otra.
Desde finales del XIX, la ciudadanía española ha dado suficientes muestras de no querer la monarquía y, más específicamente, a la corrupta dinastía de los borbones. Además de las evidencias históricas, qué más pruebas hubiera necesitado el partido socialista, ya exrepublicano, para haber elevado la voz en aquel 2014 y proponer el referéndum. Pero, ya se sabe: 40 años después de la muerte del dictador, seguía sin ser el momento.
Ya ha entendido todo el mundo a estas alturas que tal valentía era imposible verla en el PSOE puesto que han tenido y tienen en sus filas elementos emboscados que solo zancadilleaban y zancadillean cualquier intento de frenar los abusos católicos y borbónicos. González, Bono, Calvo, Díaz, Leguina, Vázquez, Celáa, Lambán, Ibarra, García Page… la lista de fieles y monárquicos, o de monárquicos fieles, es extensa.
Los socialistas han acabado haciéndose un hueco en el cojín del régimen monárquico, y ahí andan. Están tan a gustito como lo estaba Ortega Cano el día de su boda con la Jurado, por eso el aforismo matemático manchego de José Mota que dice “las gallinas que entran por las que salen” no le vale al PSOE. Las gallinas de derechas no entran, y las de izquierdas se van. Y a veces, como no encuentran otro gallinero que les guste, se anarquizan. A la mierda el voto.
En mis recorridos titiriteros por España para encuentros con clubes de lectura y asociaciones, para charlas o para presentaciones, me cruzo con alcaldes y alcaldesas del PSOE que, conociendo mi posición republicana y atea, intentan empatizar reivindicando su carácter republicano y laico, y yo les pongo una sonrisilla y no me queda otra que decirles que a quién pretenden engañar. No es necesario conmigo ese disimulo. A otro perro con ese hueso, porque no me presto a aliviarles sus complejos ni dejo que crean que cuelan las absurdas disculpas que esgrimen para presidir procesiones o, más allá del obligado protocolo oficial, perder el culo por un besamanos real.

El argumento más sólido e irrefutable para haber acabado con la monarquía en España, deliberadamente desaprovechado por el socialismo, es que a los actuales borbones los instauró un dictador que dio un golpe de Estado, trajo una guerra, provocó centenares de miles de muertos, instaló una dictadura, aplastó derechos y asesinó a demócratas. Juan Carlos era el vasallo de ese dictador, y eso mismo incumbe al resto de la parentela. Felipe desciende de esa ilegitimidad y del juramento de fidelidad que hizo su padre a Franco cuando juró en las Cortes, aquel julio de 1969, ser leal al dictador y acatar la “legitimidad política surgida del 18 de julio de 1936”. E ilegítima será Leonor por las mismas razones. Su bisabuelo es Franco, no Juan. Pura deducción, porque Felipín llamaba “abu” al dictador.
Que los borbones sean unos hipócritas morrocotudos y que vayan cambiando el paso según les interese para no perder el negocio no les borra el pasado. Es lo que llevan haciendo dos siglos, poniendo una vela a dios y otra al diablo a ver quién les mantenía el trasero en el trono. Incordiando cuando pueden (y Felipe incordia mucho) y poniéndose la careta de demócratas cuando les interesa o no les queda otro remedio.
Franco, que era más listo que todos los borbones actuales juntos, nunca utilizó en sus referencias a la monarquía la palabra restauración. Ese término, Restauración, ya se utilizó en el XIX para definir el periodo que arrancó con el golpe de Estado que devolvió el trono a los borbones en la persona del imberbe Alfonso XII, tras la abdicación a regañadientes de su madre cuatro años antes. Pero cierto es que había existido la formalidad previa de la abdicación en París en 1870; Alfonso era el legítimo sucesor. Eso no ocurrió con Juan Carlos y Juan. El hijo usurpó el trono mientras el legítimo heredero seguía el primero en la línea de sucesión, y Felipe y la ciudadana Leonor solo se están aprovechando de esa usurpación. Juan se vio forzado, obligado, a renunciar a sus derechos sucesorios legítimos sin que su rostro pudiera disimular el atropello y la indignación por la traición de su hijo.
Les invito a que busquen una imagen concreta de aquel 14 de mayo de 1977, porque la tensión de glúteos se adivina hasta en dos dimensiones. El niño Felipín, en la espalda de su madre, mirando de reojo, pero mirando mal. Sofía, con cara de “¿Este teatrillo tenía que ser el día de mi decimoquinto aniversario de boda?”, aunque bien es cierto que la reina usurpadora ya no contabilizaba años de matrimonio, sino amantes de su marido. Juan Carlos mirando al frente, Juan leyendo ante los dos micrófonos, y María de las Mercedes con cara de desolación por no haber llegado a nada después del exilio, de los cuernos, de haber perdido un hijo por el disparo del otro, de la depresión que la llevó al alcoholismo…
Aquella renuncia a los derechos era otro acto ilegítimo, puesto que se estaba produciendo a toro pasao. Se pretendía que tuviera un carácter retroactivo para legitimar el golpe de Estado que Juan Carlos había dado en la Casa Borbón en 1969 aceptando ser el sucesor del dictador, y luego en 1975 proclamándose rey sin ser el príncipe de Asturias.
¿Alguien puede destacar algún acto decente, uno solo, de la actual familia de los borbones, oficial o moral, incluyendo ya a la ciudadana Ortiz, que no ha dudado desde aquel 2004 en sumarse a todos los chanchullos borbónicos? No encontrarán ni uno.
Fuente: https://www.publico.es/opinion/columnas/juan-carlos-primero-dinastia-franco.html
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