Sobre el Manifiesto “blanco”

Por Isidoro Moreno

Tal como está escrito, y sobre todo si se lee a la ligera, el Manifiesto puede gustar a bastante gente: a quienes no desean enfrentamientos con resultados impredecibles, a quienes temen un conflicto civil, a quienes rechazan que se les utilice por uno u otro partido político, y, sobre todo, quienes se piensan tolerantes y se sienten cómodos en la equidistancia.

 Se está difundiendo ampliamente una convocatoria con el título “¿Hablamos?”, que llama a concentrarse el sábado próximo ante los ayuntamientos con banderas o camisas blancas para respaldar la idea de que “España es un país mejor que sus gobernantes” y de que hace falta “hablar”. Nadie firma el Manifiesto, que parecería como si hubiera brotado de las piedras o hubiera surgido por generación espontánea. Algunas de las cosas que se dicen en él difícilmente pueden no compartirse. Se afirma que la convivencia es posible, que queremos un país mejor, que es preciso apostar por el diálogo, que existen dirigentes incapaces e irresponsables que ni escuchan ni hablan (aunque esto de que no hablan es solo cierto a medias, porque estos días algunos están hablando mucho, incluso el rey). Tal como está escrito, y sobre todo si se lee a la ligera, el Manifiesto puede gustar a bastante gente: a quienes no desean enfrentamientos con resultados impredecibles, a quienes temen un conflicto civil, a quienes rechazan que se les utilice por uno u otro partido político, y, sobre todo, quienes se piensan tolerantes y se sienten cómodos en la equidistancia.

Si leemos despacio (algo que aconsejo en esta ocasión y siempre), hay varias cuestiones, muy importantes, que deberían ponernos en guardia. Tanto por lo que se dice como, sobre todo, por lo que no se dice. Voy a poner algunos ejemplos de esto último. La palabra Cataluña no aparece por ninguna parte. Tampoco se condena, y ni siquiera se señala, la brutal represión del 1-O: sólo existe una muy genérica alusión a “cosas que nunca hubiéramos querido ver y que nos apenan profundamente”. ¿Qué cosas son esas? ¿Por qué no se las llama por su nombre y se señalan las responsabilidades? ¿Será, quizás, porque hacerlo obligaría a posicionarse? Tampoco hay alusión alguna a los Derechos Humanos, ni individuales ni colectivos. Por ninguna parte aparece la palabra “Pueblo” sino que esta se sustituye por el mucho más evanescente término de “sociedad”, sin que se aclare su referente concreto.

Leyendo el Manifiesto, si no tuviéramos otros datos, no sabríamos de qué se está hablando. Hay, sí, una sucesión de ideas amables, casi siempre abstractas. Por ejemplo, “apostar por la vía del diálogo”. ¿Quién estaría en contra de esto? Pero no se dice cuáles serían los términos del diálogo, ni si este supondría negociación, ni entre quiénes, ni con qué legitimidad mutuamente reconocida. Ni si en ese diálogo se incluiría a los más de dos millones de catalanes que votaron el domingo, con la guardia civil y la policía nacional hostigándoles, atacándoles a porrazos (o con pelotas de goma y gases lacrimógenos en algunos casos) y requisando urnas. Ni si sería un dato determinante que 3 de cada 4 ciudadan@s de Cataluña quieren un referéndum para poder expresar libre y legalmente su opción para el futuro de su nación. ¿Por qué no se habla de esto?

El “paso adelante” que deberíamos dar “toda la ciudadanía” el próximo sábado, asistiendo a las concentraciones y poniendo sábanas blancas en los balcones, lleva ya implícito, sin que antes lo “hablemos”, que “tod@s” estamos de acuerdo en que somos un solo “país”, o sea España (ni siquiera se habla de Estado Español sino simplemente de España). Parece como si estuviera resuelto a priori –en realidad se oculta- el problema que es hoy central: el de que cuál o cuáles son los sujetos políticos de la soberanía: de la capacidad de decidir. Por lo que dice el Manifiesto, no existiría ese problema, o sea que todos los ciudadan@s de Cataluña (o de Euskal Herria, o de Andalucía o de Canarias, o de Galicia), estaríamos de acuerdo en que somos un solo “país” (una única nación) y solo tenderíamos que deshacernos de nuestros “gobernantes incapaces e irresponsables” para que los problemas pudieran ser resueltos. No discutiré yo que, en general, la gran mayoría de nuestros gobernantes respondan a ese perfil, pero, ¿y si aspiramos, quienes nos consideramos pertenecientes a alguno de los pueblos-nación citados, a construir libre y democráticamente, en nuestros diversos países, estructuras políticas propias para, a partir de ellas, decidir luego si formar una Federación, o Confederación, o Asociación de Estados Libres, o, en su caso, optar por un Estado independiente?

Los autores del Manifiesto –que no sabemos quiénes son pero existen- me parecen algo así como flautistas de Hammelin que llevan a mucha gente adonde ellos quieren, sin decirles adónde y sin que ello sea fácil averiguarlo, porque subyugan con su música ocultando la letra, es decir los objetivos y el cómo conseguirlos. Desconozco si es cierto, como algunos dicen, que la idea partió de un hasta ahora desconocido profesor madrileño (¡ay, Madriz, Madriz, siempre Madriz!) que puso un mensaje en su whatsapp y, ¡oh milagro!, este pasó a ser difundido en veinticuatro horas incluso por los noticiarios de las televisiones. O si, como otros afirman, detrás de la iniciativa se esconden sectores del PSOE de Sánchez y del Podemos errejonista y quizá pablista, que han utilizado sus aparatos para tirar la piedra escondiendo la mano con el objetivo de tratar de eliminar tanto a Rajoy como a Puigdemont y reivindicarse como salvadores de la patria (española, por supuesto). No tengo información privilegiada pero podría ser así. Y más grave aún sería que, debajo de todo esto, estuvieran oscuras redes dudosamente democráticas. El tufillo “apolítico”, antipartidista sin matices, enormemente uninacional y emocional, populista sin comillas, del ambivalente texto aconsejan no descartarlo del todo.

La solidaridad entre los pueblos, la denuncia del uso de las leyes y de las instituciones del poder del Estado como instrumentos para impedir que los pueblos y los ciudadan@s ejerzan sus derechos, y el señalar las muy graves insuficiencias democráticas de una Constitución, la del 78, fabricada con el fondo del ruido de sables, serían, en mi opinión, requisitos inexcusables para atender, aquí y ahora, cualquier llamamiento como el que aquí se nos hace. No tener esto en cuenta y apoyarlo, sin más, además de ingenuo e imprudente, podría ser suicida porque podría justificar, sin quererlo, una aun mayor involución de la ya muy escasa democracia que tenemos. Y ello, incluso si los autores del Manifiesto y quienes han hecho posible su enorme difusión fueran figuras angelicales y vírgenes de toda perversión política; cosa que me es difícil creer, lo confieso.

06/10/2017

Isidoro Moreno es Catedrático de Antropología Social y Miembro del colectivo Asamblea de Andalucía (AdA)

http://vientosur.info/spip.php?article13083

 

 

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