La Sinfonía Bolchevique

Por Cheshire

Sobre el centenario de la Revolución Bolchevique

Por Edgar Rubio Marcano

 

 John Reed describió aquellos días como estremecedores. “El armazón de un mundo nuevo”, dijo. Y uno puede imaginar al audaz escritor de Portland, pero no frente a la máquina cincelando las febriles palabras, sino interrogando a la muchedumbre en una esquina de la Morskaya, o comprando a toda costa un ejemplar recién horneado del Rabochi Put, o tomando notas apresuradamente mientras corre por la avenida Nevski, aquel miércoles 7 de noviembre de 1917.

A pesar del implacable invierno ruso eternizando noches y enlodando la marcha, la gente se entusiasma a salir a las calles de Petrogrado, centro del mundo en aquellas horas imborrables. “Algo grande va a ocurrir”, dice una robusta obrera que avanza hacia el Palacio de Invierno, o a todas partes, a donde la tempestad se mueva; hasta que aparecen los guardias rojos marcando el paso. Las noticias llegan como ráfagas, y son leídas en el papel o escuchadas de afiladas gargantas que logran elevarse en el hervidero: “¡Los insurgentes han tomado las centrales telefónicas y las imprentas del gobierno pequeñoburgués!”.

La insurrección de los desposeídos, la sinfonía bolchevique, había comenzado. El Preludio: la antorcha que Lenin, subido a un blindado como un moderno Prometeo, traía a los obreros y campesinos de su patria. La Obertura: el cañonazo del crucero Aurora, metaforizando el fin de de la ominosa tiniebla que durante siglos abatió al pueblo ruso. “Mañana el día se poblará de cantos y rostros encendidos…de seres que navegan en la nave de la nueva alegría…de manos que golpean los ardientes talleres…de asuntos compartidos como los panes de oro por escuelas unánimes…” (Neruda. Oda a Leningrado.)

Cerca del mediodía, Kerensky había abandonado la ciudad en un vehículo con bandera estadounidense. Los soldados del proletariado marchaban al Palacio de Invierno, y en las calles, las clases y capas acomodadas les gritaban insultos: “¡Cerdos! ¡Ignorantes! ¡Y ésta es la gentuza que pretende gobernarnos!”. Veían con horror que aquella masa amorfa, aquellos hombres y mujeres harapientos y sin modales, surgidos del profundo lodo removido por la revolución social, pusiera fin a los privilegios que creyeron eternos, intocables. Vestigios de un orden agónico, aquellas voces se extinguían como lánguidos sonidos de la obsolescencia.

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El Smolny:

Es la noche del 7 de noviembre (25 de octubre en el antiguo calendario aún en uso). Las heladas navajas que soplan desde el Golfo de Finlandia parecen congelar el tiempo. Sin embargo, los tórridos y fervientes latidos de toda Rusia se concentran en el Instituto Smolny. Antigua escuela para las señoritas de la nobleza zarista, ahora congrega a cientos de hombres y mujeres que buscan espacio en los pasillos y rincones, o trepando a los acantilados de las ventanas, o parados en las escalinatas como ascendiendo a los suburbios del cielo.  Sucios, malolientes, con el rostro demacrado por las horas sin dormir, pero con una energía que brota como desde una fuente inacabable de pasión: son los delegados al histórico II Congreso de los Soviets de Obreros, Soldados y Campesinos. Allí se decide la cuestión del Poder y el futuro cósmico.

Pero nada ocurre sin discusiones arrebatadas. Los reformistas, conservadores, moderados, nacionalistas (la socialdemocracia), intentan liquidar el congreso, o conducirlo hacia la conciliación con la pequeña burguesía. Timoratos y especuladores, se oponen a la creación del Estado Obrero. A ellos se suman los oficiales del ejército, que exigen voz y voto. Un joven fusilero letón los fulmina: “¡Ustedes no representan a los soldados!”, dice. En cambio, él sí es la genuina expresión de los soldados-obreros: piensa y siente como ellos, abraza su misma causa. La sala estalla en aplausos. Poco a poco, la plenaria es abandonada por los que temen al socialismo. ¡Socialismo, socialismo! Cuando en el maremágnum de cosas comienza a asomar el socialismo, sólido como una piedra, los representantes de las clases contrarias se desmarcan de la revolución verdadera, a la que han acompañado movidos por otros intereses.

Cerca de la media noche, el congreso decide: todo el Poder a los Soviets.

La revolución socialista había triunfado. Una algarabía, un estruendo como de trompetas, címbalos y cuerdas templadas invadió el Smolny, entre abrazos y sollozos de alegría.

“Aún queda mucho por hacer. Esto es sólo el comienzo”, dijo alguien en mitad del alboroto.

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Así fue, y así lo hicieron. La edificación del Estado Obrero y Campesino debió hacerse bajo el fuego sostenido de la reacción burguesa y la contrarrevolución. Una tromba de sabotajes, acaparamiento y especulación se lanzó sobre el poder de los soviets, que elevó su moral y fue borrando paulatinamente todo vestigio de vacilaciones y traiciones.

Luego, las estepas fueron surcadas por la sangrienta guerra civil alentada por el imperialismo mundial. Terribles años conmovieron al pueblo soviético, cuyo corazón heroico y elevado sacrificio cantó Shólojov con prosa roja y lirismo encarnizado en Cuentos del Don. El mismo corazón soviético que años más tarde debió enfrentar el holocausto nazi. “Sólo un pueblo decidido a defender sus conquistas, podía ser capaz de derrotar al fascismo”, dijo un poeta muy cercano. Un alto precio: más de 25 millones de vidas perdió la URSS. Pero la liberación del planeta lo valía, y la tierra fue liberada con alma y puño soviéticos que aquel cosmogónico soñador del Don plasmó, para la posteridad, en Sudba Chelovieka.

La sociedad de iguales, sin oprimidos ni opresores, con escuelas y hospitales para todos, con progreso para todos, siguió su curso, rehaciéndose de las heridas de las guerras, enfrentando las constantes amenazas del imperialismo y sus sofisticadas e incesantes campañas de “horror al comunismo” (que aún pululan y ciegan a muchos).

Hoy los pueblos del mundo conmemoran el centenario de aquellos sucesos que dieron lugar a la primera nación socialista de la historia. Algo debe significar que millones de personas salgan a las calles del orbe, en cada continente, ondeando sobre sus cabezas el martillo y la hoz. Algo debe decirnos el rústico letrero que portaba una anciana, hace poco, en las calles de Moscú: “¡Lenin está vivo!”. Y algo nos dirá la entrañable frase que puede leerse en algunos  muros de la Tierra: “¡Capitalism is bad!”

El fantasma del comunismo aún recorre los cielos del planeta. Mientras exista el capitalismo, la antorcha de la URSS seguirá inextinguible en el pecho de los pueblos oprimidos, en los trabajadores del mundo cuyas condiciones de vida se hacen cada vez más precarias, y en el movimiento popular revolucionario siempre decidido a forjar un mundo mejor.

Y recordamos las conmovedoras palabras de John Reed, formidable testigo de aquellos hechos cuando, derrotada la contrarrevolución, miles de hombres y mujeres, obreros y campesinos, en una procesión fúnebre impregnada de canciones, llantos y gritos de dolor, llevaban a sus muertos a la Plaza Roja de Moscú para darles sepultura, bajo el viento helado que golpeaba sus rostros, y con la mirada detenida en el infinito: “Y comprendí de pronto que el devoto pueblo ruso ya no necesitaba de sacerdotes que le abrieran el reino de los cielos. En la Tierra, estaban edificando un reino más brillante que el que pudiera ofrecer cualquier cielo, un reino por el cual era glorioso morir…”.

 

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