Amar a Amancio

Amancio Ortega acaba de hacerse con el título horrorífico de El Hombre Más Rico Del Mundo. Con 78.600 millones de dólares, el dueño del imperio Inditex ha superado esta semana al creador de Microsoft por un puñado de dólares en ese mano a mano en la cima de la montaña de ceros que mantienen el gallego y el norteamericano. Tan ajustada está la pugna que para confirmar el sorpasso los de Forbes tuvieron que pedir el ojo de halcón, que finalmente confirmó que las costureras de Bangladesh tuvieron más brío que las licencias de software la semana anterior. Tenemos liderato planetario español hasta nueva revisión y, como no podía ser de otra manera, los grandes medios del país celebraron el adelantamiento a Gates con el entusiasmo de aquella época en la que nos explicaron que había que odiar a Hamilton y Fernando Alonso le quitaba el sitio en una curva. Con la diferencia de que en este caso a Bill Gates no le odiamos: en el deporte del muchimillonarismo siempre prevalece el espíritu olímpico.

España, experta en eso de ser dos, se agrupa en torno a quienes si no sacan la bandera y se van a celebrarlo a Colón es sólo por el qué dirán y quienes declaran no tener nada que celebrar. A los del primer bando les molesta que haya quien tenga sus reticencias. Un artículo publicado en El Mundo hace un año, titulado “Odiar a Amancio”, estudiaba el curioso caso de la falta de entusiasmo nacional de algunos, llegando a la conclusión de que las reticencias son odio y que el odio hacia Don Amancio sólo puede venir por la condición de español del magnate. Ya se sabe, la envidia española y tal.

AMANCIO ORTEGA REPRESENTA ESA ESPAÑA QUE A FALTA DE ÉXITOS REALES LLEVABA A LOS ALTARES DE MANERA DESPROPORCIONADA A MASSIEL O A MANOLO SANTANA

El caso es que, aunque le pese al articulista de El Mundo, que un ciudadano del segundo país con mayor desigualdad de Europa encabece la lista de ricos no deja de tener su aquel. Amancio Ortega es lo que representa. Y representa un país desigual, pero no sólo eso. Representa trabajo infantil en pésimas condiciones en Asia y no mucho mejores condiciones entre las costureras gallegas. El discreto empresario no sólo lo es en su vida privada: la discreción también llega a los sueldos de las empleadas de El Hombre Más Rico Del Mundo que, para que no se discuta la españolidad de su empresa, renuevan mes a mes por un salario más que discutible y haciendo el trabajo para el que serían necesarias dos personas. Amancio Ortega representa esa España que a falta de éxitos reales llevaba a los altares de manera desproporcionada a Massiel o a Manolo Santana. El dueño de Inditex no es el sueño del hombre hecho a sí mismo, sino el sueño del hombre que supo tocar las teclas para cantar mejor que nadie la canción del capitalismo falto de escrúpulos. Es raro el caso de un millonario del top ten al que Wikipedia no defina como filántropo y en la entrada de Ortega pone empresario a secas. Si, con sus luces y sus sombras, el sorpassado Bill Gates dedica de forma efectiva parte de su fortuna a mejorar las condiciones de vida de otros, el español entiende la filantropía como caridad. Sus limosnas en Navidad, anunciadas a bombo y platillo en prensa y aplaudidas por la España de los Santos Inocentes, suelen ser de menor importe de lo que costaría la campaña de imagen pagada.

No, no es odiar a Amancio, sino anhelar otro modelo.

Gerardo Tecé

publico.es

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