La OTAN, el brazo armado de un imperio en extinción.

Una organización militarista reconvertida tras la caída del muro de Berlín en un club de países privilegiados y cobardes, incapaces de defenderse por sí mismos, que buscan refugio y protección en el poder militar del gran capo americano a cambio de apoyarle en sus repetidas e ilegales aventuras imperiales. Un poder militar, el del Ejército USA, hasta hace poco totalmente incuestionable pero que, en la actualidad, en total declive, apenas es algo más que un auténtico “tigre de papel” que en lugar de brindar protección y seguridad a sus indefensos socios nacionales solo puede proporcionarles soledad y abandono ante los desafíos del nuevo bloque emergente euroasiático (Rusia y China).

 

USA: UN TIGRE DE PAPEL

 

 Por el Coronel Martínez Inglés.

 

A día de hoy, los Estados Unidos de Norteamérica son la cabeza visible de un imperio residual con pies de barro y en franca descomposición militar, económica, política y social. Sus aventuras de dominación por el ancho mundo la han arruinado económica, social, militar y políticamente. El antiguo poderío de sus Fuerzas Armadas, basado en sus otrora poderosos grupos de combate aeronavales dotados de monstruosos portaaviones de 100.000 toneladas, se halla totalmente sobrepasado. Con el increíble desarrollo de la tecnología castrense hipersónica en manos de las emergentes potencias del Este, esas obsoletas plataformas navales ofensivas, antaño dominadoras de los siete mares, se han convertido en auténtica chatarra a flote a merced de los misiles de crucero enemigos. Por otra parte, el amplísimo despliegue de bases militares yanquis (750 en el mundo, 200 de ellas en Europa), que se llevan la parte del león de su exagerado presupuesto de defensa, resulta totalmente innecesario en el actual escenario geoestratégico mundial, ya no es operativo, ni rentable, ni siquiera conveniente en los previsibles y futuros escenarios de guerra.

 

En efecto. En la actualidad y ya desde hace algunos años, el poderío militar yanqui cada día que pasa es menor que el anterior y mayor que el siguiente. Sus ejércitos caminan lentos pero seguros por la pendiente de la inanidad operativa con el cero absoluto como meta a alcanzar en el medio/largo plazo y de no remediarlo pronto alguna administración estadounidense, algo poco probable y desde luego no al alcance de la actual bajo la gerontocrática y poco afortunada dirección del señor Biden, van en la perfecta dirección de llevar a su otrora poderoso país, a un colapso político, social, militar y económico similar al del antiguo imperio romano, allá por la segunda centuria del presente ciclo histórico en el que nos encontramos  tras de la muerte de Jesucristo.

 

         Y esto, a ojos de cualquier historiador o experto en geoestrategia que se dedique algunas horas al día a visualizar el triste devenir actual de los actuales Ejércitos norteamericanos, es algo muy preocupante pues rompe peligrosamente el estatus quo internacional (o mejor dicho bilateral entre EEUU y la antigua URSS) reinante desde la II Guerra Mundial. Y que, con la conocida estrategia MAD de la destrucción mutua asegurada como bandera, logró mantener durante años y años (aunque con un desagradable estado de guerra fría a cuestas) el inestable mundo salido de aquella sangrienta confrontación global.

 

         Pues así es. Uno de los dos grandes jugadores geoestratégicos y geopolíticos mundiales durante décadas, el primero y más poderoso en los últimos setenta años, en los últimos tiempos flojea descaradamente, vacila más y mejor, pierde guerras a espuertas o no sabe gestionar sus pírricas victorias sobre el terreno (Vietnam, Libia, Irak, Irán, Los Balcanes, Siria…), y ha decidido, al compás del “América First” de Trump, aislarse del resto del mundo. De ese mundo que ha dominado, dirigido, asesorado, explotado dictatorialmente durante decenios sin nadie que osara reprocharle lo más mínimo y, mucho menos, marcarle algún camino que fuera contra sus intereses de gran potencia dominante. En una palabra, el Imperio quiere dejar de ser el Imperio que ha sido desde que Hitler pasara a mejor vida y fácticamente desea abandonar abruptamente el rol de  “primo de Zumosol” que ha disfrutado en solitario en relación con una serie de países vasallos, lacayos, satelizados, dominados, colonizados, subordinados, humillados, ocupados militarmente… que  olvidaron suicidamente su propia defensa y se echaron en sus brazos, ante “el monstruo comunista del Este” que teóricamente les amenazaba, rindiéndole pleitesía y obediencia.   

 

         Aunque, todo hay que decirlo, la caída imparable del autodenominado “policía del mundo”, los EEUU de Norteamérica, no ha sido, no está siendo, tan rápida y meteórica como pudiera parecer al profano en las lides geoestratégicas y geopolíticas de la segunda mitad del siglo pasado y primera del actual. Lleva ya tiempo por la pendiente de la decadencia política y económica y, no digamos, de la militar e imperial. Desde su primer traspiés en la guerra de Corea a principio de los años cincuenta del siglo XX, en la que los modestos coreanos del Norte, con la ayuda, eso sí, de las “huestes voluntarias” de China, le dieron un monumental repaso a los fuerzas expedicionarias del general Douglas MacArthur infringiéndole un sangriento varapalo que a punto estuvo de acabar en sangrienta derrota, salvada en última instancia por la singular estrategia aeronaval del famoso militar estadounidense, los Ejércitos yanquis han ido dando una de cal y muchas de arena en su odiosa tarea de gestionar su poder omnímodo tras la derrota nazi en 1945 e imperial japonesa en 1946. 

 

         Su aventura en Vietnam, de todos conocida, resulta especialmente paradigmática porque a todas luces resultó ser un auténtico revulsivo a escala mundial y punto de partida acelerado para la pérdida de la aureola victoriosa que sus Fuerzas Armadas habían conseguido en la II Guerra Mundial (en Asia sin discusión alguna, en Europa con reticencias pues sin el enorme sacrificio en vidas humanas de ingleses, franceses y, sobre todo, de rusos, jamás hubieran vencido al monstruo nazi). En 1959, tímidamente y como si no le importara en demasía la incipiente guerra civil vietnamita (el norte comunista contra el sur capitalista) aunque, eso sí, haciendo caso a la doctrina Truman y a la teoría del dominó, los Estados Unidos de Kennedy desplazaron a la península asiática a algo más de 1.000 soldados en tareas de apoyo e instrucción a las escasas y mal preparadas fuerzas militares de la república prooccidental del sur.

 

Como la cosa no le salió muy bien desde el principio a los chicos del fotogénico presidente USA y el régimen de Saigón, que hacía aguas por todas partes, estaba a punto de caer en manos del Vietcong, el contingente estadounidense subió a los 1.600 efectivos en 1963 y, año tras año y con EEUU metiéndose hasta las cejas en la sangrienta guerra de guerrillas subsiguiente, alcanzaría el espectacular número de 650.000 efectivos a primeros de los años setenta. Poco antes de que, en 1975, el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, consiguiera (algo que después le valió el premio Nobel de la paz) una humillante salida del país con los helicópteros de la Marina yanqui evacuando a los “últimos de Saigón” desde el tejado de la Legación estadounidense en la capital de la ya conquistada república del sur vietnamita. Una auténtica derrota se mire como se mire para la prepotente nación norteamericana (60.000 soldados muertos y 300.000 heridos) y un auténtico revulsivo nacional e internacional con el que empezó a cuestionarse, a nivel global, su verdadero papel como primera potencia internacional a todos los niveles (político, militar, social, económico…) y su invencible magisterio imperial en activo.

 

Pero antes de la incuestionable desgracia geoestratégica y geopolítica yanqui en Vietnam, la todopoderosa nación norteamericana tuvo que gestionar, más mal que bien, su intromisión en la península de Corea. Como es históricamente conocido por todos, en el verano de 1950 la República Popular de Corea del Norte, uno de los dos Estados construidos artificialmente en 1945 por los dos grandes bloques victoriosos salidos de la II Guerra Mundial (EEUU y la URSS), de idiosincrasia comunista, invadió por sorpresa a su vecina del Sur, el país de matrícula liberal apadrinado por el gigante estadounidense. En plena guerra fría y con la marabunta comunista de rusos y chinos apoyando tamaña aventura militar de su subordinado norcoreano, a Norteamérica no le quedó más remedio que armar en la ONU una pseudo alianza político/castrense de un sinfín de países (en realidad más ficticia que real) para oponerse con las armas en la mano al órdago socialista.

 

La guerra subsiguiente, con varios vaivenes de derrotas y victorias protagonizados por ambas partes, acabaría en el año 1953 como el rosario de la aurora, es decir, en tablas, con los Ejércitos contendientes (los chinos metieron en la harina bélica la fruslería militar de millón y medio de soldados) separados por una franja desmilitarizada de cuatro kilómetros a lo largo del paralelo 38 y con abundantes bajas por ambos bandos. Por lo que respecta a los Estados Unidos el peaje en vidas humanas a pagar fue de 55.000 muertos y 100.000 heridos, una sangrienta factura que le costaría bastantes años asumir pero que, eso sí, no le impediría, suavemente como hemos visto hace unas líneas, ir enviando con cuentagotas a sus marines a las pantanosas llanuras vietnamitas para, según ellos, salvar al mundo, es decir. a las democracias liberales del Occidente cristiano.    

 

En Vietnam empezaría el declive real del Imperio yanqui aunque ese declive, promocionado evidentemente por su alocado gasto en defensa y en gestionar un despliegue militar sin parangón en la historia mundial (según datos fidedignos procedentes de USA el gasto militar en sus aventuras geoestratégicas y geopolíticas en los últimos setenta años sobrepasaría con creces el trillón de dólares), haya sido de pendiente suave y salpimentado con fugaces y casi nunca explotadas victorias regionales que no han servido, evidentemente, para parar del todo el determinismo histórico de su imparable camino a su fin como líder mundial.

 

Después de esa primera derrota en toda la línea vendrían otras, si no derrotas en el amplio sentido de la palabra, sí pírricas victorias que se asimilarían por el avasallado mundo occidental sin cuestionar el liderazgo americano debido a la guerra fría en la que estaba metido el mundo desde la terminación de la II Guerra Mundial. Con una URSS que, primera y gran vencedora del nazismo en 1945 (en sus extensas llanuras y en sus sacrificadas ciudades fue destruida la impresionante máquina militar nazi), no estaba dispuesta a ceder los amplios territorios conquistados, a costa de la sangre de millones de sus ciudadanos, a su competidor occidental.

 

 Y a este respecto hay que reseñar, sin ninguna duda y sin ninguna acritud ¡faltaría más! las continuas aventuras políticas y estratégicas militares estadounidenses, ilegales si hacemos caso al derecho internacional y, desde luego, nada acordes con los derechos humanos y la sacrosanta democracia en cuyo nombre decían actuar en casi todas las partes del mundo; un mundo que los dirigentes de la gran nación americana creían, sin mucho remordimiento, que era suyo y solamente suyo: Panamá, Granada, Libia, Somalia, Irán, Afganistán, Irak, Los Balcanes, Siria…, sin contar su clara injerencia diplomática subterránea (léase intromisión y golpismo) en relación con naciones como Portugal, España, Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia… etc, etc, o sea, en casi todos los países del globo y en especial en su patio trasero americano.

 

Bueno, pues si como parece estamos ya de acuerdo el lector/a y un servidor en que la larga y espectacular caída por la pendiente del coloso USA a lo largo de los últimos años es real, voy a tratar de demostrar, como señala el título del presente trabajo, que los Estados Unidos de Norteamérica, la gran nación dominadora del mundo desde que su colosal maquinaria industrial y económica (no el valor y el buen hacer de sus soldados que no están adornados precisamente de altas virtudes militares) le dio la victoria en la brutal confrontación global de 1939-1945, pintan ya muy poco en la actualidad como antigua potencia colonizadora y se han convertido en un auténtico “Tigre de Papel”.

 

 Que es verdad (conviene reconocerlo sin perder un ápice de credibilidad) que todavía siguen asustando a mucha gente con su parafernalia castrense, con sus buques de guerra de gran porte pero pasados de moda, con sus aviones estratégicos portadores de bombas atómicas (alguno de los cuales como sus famosos B-52 todavía en servicio nos retrotraen a los años cuarenta del pasado siglo y ya no asustan ni a las palomas), con su presencia a través de cientos de bases militares aeronavales repartidas por los cinco continentes… pero que hace años que han perdido el tren de la modernidad armamentística, de la tecnología castrense, de la operatividad estratégica y táctica en relación con sus potenciales rivales ante las nuevas armas, los nuevos misiles hipersónicos de radio de acción indefinido y trayectorias orbitales y suborbitales, la guerra electrónica capaz de desactivar y dejar inermes a todos los vectores atacantes en tierra, mar y aire, los aviones sigilosos de quinta y sexta generación, los drones aéreos y acuáticos abisales… etc, etc.

 

Pasemos pues, amigo lector/a, al recalcitrante asunto que he puesto negro sobre blanco con anterioridad, al de la efectividad actual de los portaaviones en general y los estadounidenses en particular, un tema castrense de discusión a nivel global tocado en los últimos años con carácter periódico por multitud de expertos militares (y periodistas y analistas civiles no tan expertos) y que voy a analizar apoyándome, sin vanidad de ninguna clase, en mis  conocimientos profesionales marcados a fuego durante los más de cuarenta años que he “disfrutado” (es un decir) a pleno rendimiento personal y vital en los más altos y operativos puestos de la milicia española.          

 

Ya he señalado con total claridad que los monstruosos portaaviones de ataque de la Armada de los Estados Unidos (los famosos Grupos de combate con base en portaaviones como los  CVN 68 Nimitz, CVN 69 Dwight D. Eisenhower, CVN 70 Carl Vinson, CVN 71 Theodore Roosevelt, CVN 72 Abraham Lincoln, CVN 73 George Washington, etc, etc … y así hasta las once Unidades operativas aeronavales en activo que termina, por el momento, con el CVN 78 Gerald R. Ford en espera de las tres nuevas  Unidades en construcción) con la cohorte consiguiente de buques de protección, apoyo y aprovisionamiento que les acompañan, hace tiempo que ven cuestionada por propios y extraños su operatividad e, incluso, su seguridad y prevalencia en el mar. Y es que  hoy en día, con el auge de la modernísima tecnología que ha surgido con fuerza en la fabricación de misiles hipersónicos (balísticos, de crucero, suborbitales y de planeo) con cabezas tanto nucleares como convencionales, de aviones invisibles al radar o de sigilo operativo con un radio de acción de miles de kilómetros y dotados de misiles antibuque capaces de atacar a cualquier navío enemigo en cuestión de minutos, de drones de ataque con un gran poder de destrucción a grandes distancias, tanto aéreos como acuáticos… nadie, en plenas facultades mentales y que sepa algo de estrategia militar y operatividad en el área naval, puede atreverse a apostar por ellos y, mucho menos, a aconsejar a los poderes públicos nacionales e internacionales a que gasten su dinero en construir una sola más de estas “chatarras a flote” de miles y miles de toneladas de desplazamiento (del orden de las 100.000 TM) para seguir dotando con ellos a sus Fuerzas Armadas.

 

En mi modesta opinión, y así lo he reflejado decenas de veces en variados artículos de opinión, estas antaño formidables armas de disuasión  internacional, solo a disposición de unos cuantos países privilegiados por su formidable costo de fabricación y mantenimiento, han devenido en unas mastodónticas plataformas de acero convertidas operativamente en suicidas formaciones aeronavales listas para ser destruidas, una tras otra, en cuanto a un enemigo tecnológicamente avanzado le plazca, en cuanto ordene a unos cuantos aviones de última generación armados con misiles hipersónicos (e, incluso, todavía en la actualidad supersónicos como el Kh-32 ruso) antibuque hundirlas, a centenares de kilómetros de distancia en pleno océano y con un solo disparo nuclear e, incluso, convencional. Misiles hipersónicos como el Khinzal o el Tsirkón operativos desde aviones de caza como el Su-57, Su-35 o Mig-35K o de los bombarderos estratégicos Tu-22M3M y Tu-160 (el famoso “Cisne Blanco”) de las Fuerzas Aeroespaciales rusas, con un alcance de 1.000 kilómetros (ampliables a 2.000), 9 Mach de velocidad y ojiva nuclear, sin rivales de ninguna clase de momento ya que son indetectables, imparables e indestructibles. Y no digamos nada si la orden perentoria de destruir portaaviones enemigos la recibe el novísimo dron subacuático nuclear ruso Poseidón 29-M de la Armada rusa, de autonomía global, sigilo operativo total, prácticamente ilocalizable e indestructible y dotado de ojiva nuclear. Y sin llegar a tanto, cualquier fragata portamisiles de esa nacionalidad dotada en la actualidad de los misiles crucero supersónicos Kalibr y que a lo largo del presente año 2022 irán siendo reemplazados por los hipersónicos Tsirkón.

 

Antiguamente, porque este debate de portaaviones sí/portaaviones no lleva abierto ya varios años, sus defensores argüían en su favor que estas máquinas, con sus aviones a cuestas y capaces de soltarlos en las narices de su adversario a lo largo y ancho de los siete mares, eran prácticamente inviolables porque resultaban muy difíciles de localizar dados los secretos itinerarios que sus dueños guardaban bajo siete llaves, su alta velocidad de crucero, la cobertura de sus propios aviones y los numerosos navíos de escolta dotados de gran parafernalia antiaérea. Todas estas razones han quedado, evidentemente, obsoletas desde hace ya tiempo. Pero si a algún empecinado estratega naval le quedaba alguna duda, la comparecencia ante los medios de comunicación de todo el mundo del presidente Putin en marzo de 2018 presentando sus espectaculares “armas invencibles” de última generación (misiles hipersónicos Sarmat, Avangard, Tsirkón, Khinzal, aviones Su 35 y Su 57, dron naval Poseidón…) le ha debido volver a la realidad de que hoy en día los portaaviones (todos, absolutamente todos, incluso obviamente los de propulsión nuclear) conforman sistemas de ataque propios de la II Guerra Mundial, totalmente inapropiados e inoperativos (además de caros y de rentabilidad nula) de cara a una posible (y probable) tercera confrontación global…

 

Fdo. Amadeo Martínez Inglés, Coronel, escritor e historiador.

 

(Extracto del capítulo segundo del libro del autor de reciente publicación titulado “Oriente vs Occidente. La III Guerra Mundial”)  

 

 

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